viernes, 3 de febrero de 2012

Khanhiwara, 25 años

“-¿Sabéis el camino que conduce a Khanhiwara? –susurró Mowgli”.

El libro de la Selva (Rudyard Kipling).

Kipling definió Khanhiwara como una ciudad, que distaba siete leguas de la aldea de Mowgli. Era una ciudad civilizada. Tenía un mercado y la habitaban ingleses. No obstante, hoy por hoy, hay bastantes personas en Alicante que podrían responder con otras indicaciones a la pregunta del niño que fue criado por los lobos. Muchos se dirigirían a donde estaba el antiguo local. Un lugar desaparecido hoy en día que a veces se me aparece en sueños con un aire de misticismo difícil de explicar. Era un viejo edificio donde durante diecisiete años se acumuló polvo sobre viejas tiendas de campaña, hornillos, herramientas varias y banderines de patrulla raídos. Había también una historia que hablaba de una mano amputada caprichosa. Que aparecía y desaparecía a su antojo. Dispuesta a asustar a los lobatos más pequeños. Junto a todo eso hubo algo que también se acumuló en los rincones y fue difícil de borrar, incluso después de que derribaran el edificio para ampliar el patio del colegio trasero: recuerdos, millones de recuerdos. No lo he dicho, pero esta historia habla de un grupo scout. De mi Grupo Scout: Khanhiwara 479, de Alicante.

La primera vez que pisé ese local fue en 1993. Durante las horas previas al campamento de verano. A ese campamento de verano, que fue en Lorxa (Alicante), yo no asistí por cierto. Pero eso da igual. La primera vez que entré tuve la sensación de entrar en un lugar donde la gente se dedicaba a pintar las paredes y a construir cosas con madera. ¿En eso consistía ser scout? Por entonces el Khanhiwara estaba a punto de cumplir siete ingenuos años. Digo ingenuos cuando en realidad los comienzos, como todos los comienzos, tuvieron que ser duros. Pero yo eso no lo sé. Yo tenía nueve años y a mi todo me parecía tremendamente fácil. Ibas los sábados al local, jugabas durante dos horas, aprendías algunas cosas y de vez en cuando salíamos un fin de semana a la montaña y todo era como una reunión normal, pero más largo y al aire libre. Ya digo, maravilloso. Menos la hora de la comida. Odiaba la hora de la comida y mis scouters odiaban que yo odiase la hora de la comida, porque tardaba horas en terminar de comer.

Demos un salto en el tiempo. Uno grande: 2004. He terminado mi etapa rover. Tengo veinte años y el grupo cumple dieciocho, mayoría de edad. Nos hemos trasladado por circunstancias a un nuevo local. Yo decido que ni por asomo se acaba ahí lo de ponerme la pañoleta y dormir en tienda de campaña. Así que como un paso natural me convierto en scouter de tropa. Llega el momento de llamar a formación y una imagen viene a mi cabeza. Apenas conozco a ninguno de los chavales que forman las patrullas. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este punto? Alguien a quien no nombraré me hizo ver lo que pasaba: un grupo es un organismo vivo. Es un continuo ir y venir de gente. Un grupo es la suma de miles de pensamientos igual de trascendentales que los míos. Son cientos y cientos de personas eligiendo por qué senda continuar. Podríamos coger unas cuantas fotos cada año de cualquier acto comunitario y nos daríamos cuenta como el dibujo es el mismo pero el trazo va cambiando. Te das cuenta de que aparece alguien nuevo aquí y allá. Pero a esa acampada alguien no vino. Dos fotos más tarde recuerdas que ese alguien dejó de acudir a las reuniones.

Como la vida misma, el Khanhi (como es conocido cariñosamente) es la suma de miles de huellas que se marcharon. Muchas no volverán.

Muchas aún no han llegado.

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